Luego de media hora discutiendo, decido dar la espalda y regresar a casa. “Eres muy emocional… histriónica”, dice con calculada indiferencia, a falta de argumentos para justificar su proceder.
Me visto y salgo disparada. Llevo meses negociando un mínimo de dignidad para esta relación. Él me gusta, pero su ambigüedad me irrita. Ni siquiera su juventud justifica tal conducta: me cautivó por su madurez e inteligencia mucho antes de apreciar sus pectorales o su cara bonita; ¿cómo se atreve a ningunearme a estas alturas?
A fin de cuentas, fue él quien me contactó por correo y pasó luego semanas seduciéndome. Incluso destinaba varias horas a charlar desde una cabina telefónica cercana a su casa en la costa porque “nadie lo valoraba como yo”.
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Yo le abrí las puertas de mi casa sin reserva. Incluso ante mi niño lo traté como pareja para compensar carencias de su propia familia. A cambio, él me presentó a su madre apenas como asesora para su tesis de Sicología. ¡Ni que fuera tan tonta como para no saber lo que pasaba en esa habitación!
Puedo respetar sus ritmos e incluso tolerar cierto complejo al relacionarnos en público, pero ese secretismo excesivo… ¿De qué se avergüenza? Sin ropas, los 13 años de diferencia no le molestan, y cuando no hay nadie cerca no para de inventar juegos y poner a prueba mi experticia amatoria. Ah, pero basta un par de ojos ajenos para que vuelva al rol de ratoncito codiciado que esta gata pretende engullir sin miramientos. ¡Qué rabia!
Camino hasta la Vía Blanca para aplacar el fuego de la humillación. Luego de cuatro horas complaciendo caprichos, ni siquiera logré que revisáramos el dichoso capítulo teórico, aún lleno de lagunas. Si la entrega es en poco más de 15 días, ¿acaso no debería ser esa su prioridad?
Avanzo a largos pasos mientras rememoro los inicios. ¿Qué pasó con sus encumbrados planes profesionales, su devota compañía, su reclamo de respaldo sentimental? No soy tan estúpida como para esperar amor de este chiquillo de mirada lánguida, pero tampoco creo haber errado tanto en mi juicio sobre su integridad. ¡Qué carajo se cree a estas alturas!
Un frenazo me devuelve al camino. ¿Cómo llegué a la rotonda sin percatarme? Espero unos minutos en la parada, pero la gente me mira raro, así que decido seguir para desahogarme sin límites. Lloro, grito, canto, hago gestos soeces…
A la altura de la refinería me detiene el semáforo. Una voz ordena: “Monta”. Me encantaría negarme, pero casi anochece y mi hijo espera para hacer empanadas. Se lo prometí… Prometimos. ¡Uy, qué berrinche tengo!
“Ey, ey, no la cojas con el carro: costó un melón reparar ese cierre”. La expresión pícara en su cara es como un bálsamo. Misteriosamente, la furia cede ante la vergüenza: acabo de tirar la puerta del desconocido que me hace un favor y su empática reacción disipa mis nubarrones.
“No sé que te hizo, pero soy fan de Arjona: te puedo ayudar con un par de tequilas y luego vemos qué pasa”. Primero río, luego me alarmo un poco: ¿será taxista? “Tranquila, no estoy de servicio. Paré porque te vi con cara de Hulk a velocidad de Flash. Voy hasta casa de mis viejos en Regla. ¿Te sirve? Si lo prefieres te invito a café. Le dices a mi abuela que eres mi novia y hasta te hace arepas”.
Definitivamente, me está coqueteando. ¿Flash? ¿Hulk? ¿Qué edad tiene este hombre? A simple vista, menos que mi cuasi sicólogo. Dan ganas de probar lo de la arepa, a ver si el universo me compensa con un poco de afecto….
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Cierro los ojos y me relajo. Ahora sí siento el cansancio de la caminata (y del resto del día). Libero mis pies y ladeo la cabeza para saborear su perfil. Serán sólo diez minutos, pero se siente bien ese apetito varonil, ese cambio de postura al manejar para parecer más adulto…
Mi ego saca banderín de vendetta. Mi consciencia lo reprende, ahora más lúcida y calmada. “Déjame aquí”, pido con suavidad a dos cuadras de mi calle. Abro la puerta cuidadosamente, me calzo las sandalias y antes de bajar coloco un beso en la comisura de sus sorprendidos labios con estudiado encanto teatral.
Cruzo la calle sabiéndome admirada. Me alejo contoneándome con firmeza, sin vulgaridad ni prisa, sólo siendo yo misma: una mujer de 38 años con un montón de habilidades y certezas de cara al futuro.
Conque histriónica ¿eh? Mañana cierro ese capítulo y presento mis conclusiones ante el tribunal de la vida. Allá él y sus miedos de Edipo.
Hijo mío, masa de empanadas, ¡Allá voy!

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