Hay olores que te transportan a la infancia: el aroma a café colado al amanecer, el olor a madera vieja del escaparate de la sala, o el ungüento mentolado que aliviaba cualquier rasguño en las tardes calurosas de verano. En el centro de ese universo doméstico, casi siempre con una paciencia infinita y una sandalia cómoda, están ellos.
Los abuelos. Seres de estatura achicada por el tiempo, pero de una presencia gigantesca que sostiene, de forma silenciosa, el frágil equilibrio de la familia contemporánea.
En el trajín constante de la vida actual, la figura de los abuelos en Cuba adquiere matices de heroísmo cotidiano. No son meros sustitutos ni guarderías a tiempo parcial; son la memoria viva de la casa, el puente seguro entre lo que fuimos y lo que aspiramos a ser. Mientras padres y madres corren tras el sustento diario, los abuelos despliegan un arsenal de saberes acumulados que no se aprende en ninguna universidad.
A diferencia de la maternidad y la paternidad, inevitablemente atravesadas por la urgencia de educar, corregir y trazar límites estrictos, la abuelidad se experimenta desde una orilla más sosegada. Quienes ya criaron una vez disfrutan ahora del privilegio de la tregua. Saben que los berrinches pasan, que las rodillas raspadas sanan con un beso y culito de rana, y que la prisa es una mala consejera.
Los abuelos otorgan un espacio de tregua emocional donde el niño o la niña descubre que el afecto no está condicionado por las calificaciones ni por la obediencia ciega. Esa complicidad permite que entre nietos y abuelos se teja un tejido afectivo único. Para el niño, el abuelo o la abuela representan un refugio seguro donde está permitida la ternura sin censura. Es el sitio donde las reglas de la casa se vuelven un poco más flexibles, donde siempre hay una galleta guardada en el fondo de la alacena y donde las historias del pasado familiar se convierten en los cuentos más fascinantes de la noche.
En un mundo hiperconectado, donde las pantallas y las tendencias globales amenazan con diluir los contornos de lo propio, los abuelos actúan como anclas firmes. Son los guardianes de las tradiciones culinarias, de los dichos populares que salpican el habla con gracia criolla y de la historia menuda del barrio. Al escuchar sus anécdotas, esas «batallitas» de cuando los padres eran pequeños y cometían travesuras monumentales, los menores construyen su identidad y su sentido de pertenencia.
Pero el intercambio no es unidireccional ni paternalista. La relación funciona como un espejo de doble sentido. Mientras los mayores transmiten resiliencia, valores y calma, los nietos devuelven a los abuelos una inyección de vitalidad inigualable. Ver crecer a los pequeños, escuchar sus ocurrencias tecnológicas, o verse en la imperiosa necesidad de entender las nuevas dinámicas del mundo digital, saca a los adultos mayores del aislamiento y les otorga un renovado sentido de utilidad y protagonismo vital.
A fin de cuentas, envejecer rodeado de risas infantiles es el mejor antídoto contra la apatía. Los estudios reafirman lo que la intuición popular ya sabe: el contacto intergeneracional alarga la vida, previene la depresión y mantiene la mente activa.

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